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martes, 23 de enero de 2018

El Minotauro



Que sigan las olas desgastando mis fuerzas vitales, y aunque el llanto amargo hunda este pecho mudo, estaré aquí, como gaviotas en la roca esperando. Que las crueles amarras vivas se encojan, y aprieten cada vez más al ingobernable minotauro hasta asfixiarlo. Que el dolor y la desesperanza acaso lleguen a acabar con su bravura. ¿Pero no es acaso esto el acicate para el desborde de todo animal apasionado? ¡Pensar ahora como el gran Zaratustra!; valor y coraje para vivir y decir: ¿qué le puede hacer al dragón la mordedura de una serpiente? Si el Minotauros en el laberinto atrapado se repliega y retuerce, mientras desde lo alto el águila observa y enmudece, de seguro entonces, la bestia enceguecida por dentro padece, la impotencia de su reprimido vigor y encanto. Ya por dentro su voz que gime silenciosa, con apagada furia exclama: "¿A caso los dioses de lo absoluto e inmutable han bajado a exigirme abnegación y autodominio? ¡que dioses más blasfemos y corruptos, de naturaleza podrida y mal oliente, yo ordeno a que se aparten de mí! Déjenme en soledad para adorar a una verdadera diosa, a un hermoso lucero del cielo. Que se aparten de mi los falsos ideales ascéticos de dioses sedicentes. Mi diosa, ¡quiero en ella desplegar mis oscuras potencias como un ritual y renacer como nuevo hombre, desde el fuego de sus pechos y su vientre! Y que ahora nadie se atreva a dominar lo ingobernable, que yo he mandado a que se haga y deshaga en mí, que fluya con pasión y potencias descomunales, las fuerzas vicerales de mi humanidad.




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