Que sigan las olas desgastando mis fuerzas vitales, y aunque el llanto amargo hunda este pecho mudo,
estaré aquí, como gaviotas en la roca esperando.
Que las crueles amarras vivas se encojan,
y aprieten cada vez más al ingobernable minotauro hasta asfixiarlo.
Que el dolor y la desesperanza acaso lleguen a acabar con su bravura.
¿Pero no es acaso esto el acicate para el desborde de todo animal apasionado?
¡Pensar ahora como el gran Zaratustra!; valor y coraje para vivir y decir:
¿qué le puede hacer al dragón la mordedura de una serpiente?
Si el Minotauros en el laberinto atrapado se repliega y retuerce,
mientras desde lo alto el águila observa y enmudece,
de seguro entonces, la bestia enceguecida por dentro padece,
la impotencia de su reprimido vigor y encanto.
Ya por dentro su voz que gime silenciosa, con apagada furia exclama:
"¿A caso los dioses de lo absoluto e inmutable han bajado a exigirme abnegación y autodominio?
¡que dioses más blasfemos y corruptos, de naturaleza podrida y mal oliente,
yo ordeno a que se aparten de mí!
Déjenme en soledad para adorar a una verdadera diosa,
a un hermoso lucero del cielo.
Que se aparten de mi los falsos ideales ascéticos
de dioses sedicentes.
Mi diosa, ¡quiero en ella desplegar mis oscuras potencias como un ritual
y renacer como nuevo hombre, desde el fuego de sus pechos y su vientre!
Y que ahora nadie se atreva a dominar lo ingobernable,
que yo he mandado a que se haga y deshaga en mí,
que fluya con pasión y potencias descomunales,
las fuerzas vicerales de mi humanidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario